Biography

Desde que hice las primeras marcas, en mi primera infancia, en mi cuaderno de preescolar, en la escuela maternal a la que asistí, creada por el gran pintor Quinquela Martín en Buenos Aires, Argentina. Y luego, con el paso del tiempo, comencé a dominar el lápiz y el pincel con la intención de plasmar el mundo que mis ojos descubrían, sentí que una fuerza oscura y ciega se imponía sobre mí en el acto de pintar. Una fuerza tan oscura y tan ciega que me impulsaba cada vez más a sumergirme en el enigma de la luz y el color con la esperanza, siempre fallida y renovada, de aprehender en una o miles de imágenes el secreto de esa fuerza que sostiene mi existencia.

¿Por qué pinto? Quizá para saciar la curiosidad de ver aquello que ha caído para siempre en la ceguera del olvido. Quizá por el intento de recuperar la memoria perdida y fijar en el lienzo aquello que nos sostiene como ser humano y plasmar en una mancha un gesto que evoque y provoque la conciencia dormida. O quizá no sea más que un grito desesperado en el silencio ensordecedor de la incomunicación.

Le debo mucho al pintor desconocido que pintó el cuadro -que colgaba en el living de la casa de mi infancia-, quien me acercó a la poesía de la luz que iluminaba la pobreza de la chabola representada en el cuadro-, y a los fauvistas, a los expresionistas, a Matisse, a Klee, a Van Gogh, a Cézanne, a Picasso, etc. Pero quizás a lo que más genuinamente le debo son a los colores de los barcos que dormían sus sueños fluviales tumbados en el puerto del barrio porteño de La Boca -donde nací- y a los colores primarios y contrastantes con que la gente de ese barrio porteño pintaba sus pobres casas y también sus tristezas.

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